DESDE EL ESCRITORIO DEL PASTOR
Rdo. Sergio J. Valentín Reyes
viernes, 2 de octubre de 2026
DESPERTEMOS, EL MAL NOS ESTÁ ASECHANDO
“Ni deis lugar al diablo.” Efesios 4:27
El mal no siempre entra haciendo ruido. Muchas veces comienza ocupando pequeños espacios que dejamos abiertos: un resentimiento que no soltamos, una palabra hiriente que repetimos, una envidia que alimentamos, una conversación dañina, una herida que se convierte en rencor o una actitud que sabemos que no agrada a Dios.
Pablo nos advierte con claridad: “Ni deis lugar al diablo.” Es decir, no le facilites terreno. No permitas que aquello que comenzó siendo una pequeña concesión termine gobernando tus pensamientos, tus palabras, tus decisiones y tus relaciones.
Hay cosas que sabemos que están mal. Hay conductas que, aunque intentemos justificarlas, sabemos que nos han ido alejando del camino de Dios. Hay acciones y palabras que lastiman a personas externas, pero también hieren profundamente a nuestra propia familia. Y hay decisiones que terminan manchando el testimonio de Cristo que decimos representar.
No podemos pretender caminar con Dios mientras voluntariamente dejamos abiertas puertas que sabemos que debemos cerrar. La murmuración, el orgullo, la falta de perdón, la mentira, la inmoralidad, la división, el deseo de venganza y todo aquello que destruye la dignidad de otras personas pueden convertirse en terreno fértil para que el enemigo haga daño.
Por eso, antes de reaccionar, oremos. Antes de hablar, pensemos. Antes de alimentar el enojo, perdonemos. Antes de continuar por un camino que sabemos que está mal, detengámonos y regresemos a Dios.
Porque, al fin y al cabo, cuando le damos lugar al diablo, el resultado puede ser devastador: se destruyen relaciones, se hiere a la familia, se pierde la paz, se debilita nuestra comunión con Dios y queda afectado el testimonio cristiano.
No todo pensamiento merece quedarse en nuestra mente, ni toda emoción debe convertirse en acción, ni todo deseo debe ser complacido. Donde Cristo ocupa verdaderamente el corazón, el mal no debe encontrar habitación.
Hoy preguntémonos con sinceridad:
- ¿Qué estoy permitiendo en mi vida que sé que está mal?
- ¿Qué debo cerrar, abandonar o entregar a Dios antes de que termine destruyendo aquello que tanto amo?
Todavía estamos a tiempo de cerrar la puerta, volver al camino y permitir que la gracia de Dios restaure nuestro corazón.
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