DESDE EL ESCRITORIO DEL PASTOR
Rdo. Sergio J. Valentín Reyes
martes, 29 de septiembre de 2026
UNA SOCIEDAD COMPLEJA CON UNA POBRE SALUD MENTAL
Vivimos en una sociedad que aparenta estar conectada, informada y en constante movimiento, pero que muchas veces está profundamente herida por dentro. Hay personas que sonríen en público y lloran en silencio; que cumplen con sus responsabilidades, pero interiormente están agotadas; que siguen caminando, aunque hace tiempo sienten que ya no pueden más.
La pobre salud mental de nuestra sociedad no puede tratarse con indiferencia. El estrés, la ansiedad, la soledad, el miedo, la frustración, las pérdidas y las heridas emocionales están afectando hogares, matrimonios, jóvenes, adultos y aun comunidades de fe.
A esto se suman hechos profundamente lamentables: la violencia intrafamiliar que destruye la seguridad del hogar; las agresiones y violaciones sexuales que atropellan la dignidad y dejan heridas profundas; y las expresiones ofensivas, degradantes e hirientes que todavía se dirigen contra la mujer, como si su dignidad pudiera ser reducida a su cuerpo, cuestionada o menospreciada por pertenecer al género femenino.
Todo esto revela cuánto necesitamos sanar como sociedad, educar con responsabilidad y recuperar el valor sagrado de cada persona. No todo dolor se ve. No toda batalla se cuenta. No toda persona que parece fuerte realmente lo está. En muchas ocasiones hay una máscara, una apariencia que intenta impedir que se vea la realidad.
Por eso necesitamos aprender a escuchar antes de juzgar, acompañar antes de criticar y mostrar compasión antes de emitir opiniones. La fe cristiana no nos llama a ignorar el sufrimiento emocional, sino a acercarnos a quienes están cargados, cansados y quebrantados.
Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Mateo 11:28
Cristo no rechazó al cansado, no humilló al herido y no trató con indiferencia al que sufría. Su presencia ofrecía esperanza, dignidad y restauración.
Como Iglesia y como sociedad necesitamos crear espacios donde una persona pueda decir: “No estoy bien”, «No me siento bien», sin miedo a ser señalada, cuestionada o menospreciada. Necesitamos comunidades donde buscar ayuda profesional no se vea como falta de fe, y donde pedir acompañamiento no sea interpretado como debilidad.
También necesitamos levantar nuestra voz ante todo aquello que violenta la vida y la dignidad humana. El silencio frente al mal nunca debe convertirse en complicidad. La familia debe ser lugar de protección, la sexualidad debe vivirse desde el respeto, la responsabilidad y el consentimiento, y ninguna mujer debe ser humillada mediante palabras que la degraden o la deshumanicen.
Tal vez una de las mayores necesidades de nuestro tiempo no sea hablar más, sino aprender a escuchar mejor.
Detrás de muchas actitudes difíciles puede haber dolor. Detrás del enojo puede haber frustración. Detrás del aislamiento puede haber tristeza. Detrás de una sonrisa puede existir una lucha que nadie conoce.
Por eso, antes de juzgar a alguien, recordemos que quizá está librando una batalla silenciosa.
En una sociedad compleja, emocionalmente agotada y herida por distintas formas de violencia, necesitamos menos juicio y más compasión; menos indiferencia y más acompañamiento; menos palabras que destruyan y más acciones que restauren la dignidad. Tenemos que evitar y combatir el normalizar la violencia en cualquier modalidad.
Cuidar la salud mental, defender la dignidad humana y proteger la vida también son expresiones profundas del amor de Dios.
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