EL MUNDO VIVE TIEMPOS CONVULSOS

Vivimos tiempos convulsos. El mundo parece caminar sin rumbo, atrapado entre la violencia que destruye, las discordias que dividen, la apatía que paraliza, y una indiferencia alarmante hacia los asuntos del alma. Se ha normalizado la insensibilidad; el dolor ajeno ya no nos estremece, y la fe parece, para muchos, un asunto del pasado y sin la importancia que amerita.

Nos rodea un vacío existencial que ni el entretenimiento, ni el consumo, ni el avance tecnológico pueden llenar. El enfoque y la prioridad es la diversión, el entretenimiento y sentirnos bien. Y lo más inquietante es que, en medio de todo, muchos no parecen darse cuenta de lo que se está viviendo. Caminamos aceleradamente, pero sin dirección. Tenemos acceso a toda la información del mundo, pero carecemos de sabiduría para vivir.

Jesús advirtió que llegarían días así: «por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará» (Mateo 24:12). ¿Será este uno de esos tiempos? ¿Serán estos eventos señal de ese enfriamiento, de esa indiferencia?

Frente a este panorama, el llamado para el cristiano no es el miedo, ni el silencio, ni la resignación. Es tiempo de encender la lámpara de la fe y brillar. De ser sal en medio de lo insípido, consuelo en medio del dolor, esperanza donde todo parece perdido.

No podemos cambiar el mundo entero de inmediato, pero sí podemos vivir con autenticidad y amor, proclamando con nuestras palabras y acciones que Cristo sigue siendo la respuesta. Porque aunque el mundo no lo sepa, sigue teniendo sed de Dios.

«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos 12:2).

Es tiempo de despertar, de volver al Evangelio, de ser iglesia viva en medio del caos. Porque donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia. Y donde hay oscuridad, la luz de Cristo puede brillar más fuerte.

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