Hay momentos en que, al detenernos a pensar en nuestro caminar, nos invade un sentimiento profundo: “hice lo que no debí hacer”. No es fácil enfrentar el pasado, ni aceptar que algunas decisiones fueron erradas, que palabras dichas dejaron heridas, o que caminos escogidos nos alejaron del propósito de Dios.
Sin embargo, es precisamente en este ejercicio de sinceridad donde comienza la verdadera restauración. Las Sagradas Escrituras nos recuerdan: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Dios no nos llama a vivir atados a la culpa, sino a ser transformados por Su gracia.
Al no poder retroceder en el tiempo, enfrento la vida con mis decisiones y sosteniéndome de Dios. Es en Su fuerza donde encuentro esperanza para seguir adelante, y en Su amor donde descubro que no todo está perdido. Cada día es una nueva oportunidad para crecer, aprender y caminar en la dirección correcta.
El apóstol Pedro lloró amargamente tras negar a Jesús (Lucas 22:62). Sin embargo, su historia no terminó allí. La misericordia del Señor lo levantó y lo convirtió en un testigo valiente del Evangelio. Así también, cuando reconocemos nuestros errores y los presentamos ante Dios con un corazón humilde, Él puede redimir nuestra historia.
Hoy es un buen día para reflexionar, para soltar lo que pesa y para recordar que, en Cristo, siempre hay una nueva oportunidad. Lo importante no es cuántas veces nos equivocamos, sino cuántas veces permitimos que Su amor nos restaure y nos impulse a seguir adelante, esta vez de Su mano.
Oremos a Dios diciendo:
Señor, al mirar mi vida, reconozco mis errores. Perdóname por lo que hice y no debí hacer. No puedo volver atrás, pero sí puedo caminar de Tu mano hacia el futuro que me preparas. Sosténme, guíame y transforma mi corazón. Amén.
Deja un comentario