NO ME DI CUENTA QUE ESTABA ABANDONANDO EL BARCO…

A veces, el alejamiento espiritual no ocurre de golpe. No siempre se manifiesta en una gran decisión, sino en pequeñas concesiones. Una oración que se posterga. Una lectura bíblica que se omite. Un domingo en el que no se asiste al culto… y otro y otro más. Hasta que un día, sin darnos cuenta, ya no estamos dentro del barco.

Ese barco que simboliza la comunión con Dios, la fe, la comunidad de creyentes, el propósito y la dirección. En medio del mar de la vida, con sus tormentas, corrientes engañosas y vientos contrarios, el único lugar seguro es donde está Jesús. Recordemos que en el evangelio, cuando los discípulos estaban en medio de la tempestad, Jesús estaba en el barco con ellos, y su presencia hizo la diferencia.

Lo peligroso es que uno puede “abandonar el barco” sin saberlo. El corazón se distrae, se ocupa en lo urgente, se enfría poco a poco. Y cuando queremos darnos cuenta, ya estamos luchando por nuestra cuenta, sin timón, sin dirección y fuera del barco donde el peligro es mayor.

Pero aún hay esperanza. Aunque hayamos saltado del barco, Jesús sigue llamando desde la orilla, como lo hizo con Pedro después de su negación: “¿Me amas?… Apacienta mis ovejas”. Su amor redentor está dispuesto a rescatarnos, restaurarnos y devolvernos al propósito. Esa pregunta de Jesús puede ser para tí en este día: ¿me amas?

Hoy es buen momento para detenernos, mirar a nuestro alrededor y preguntarnos sinceramente: ¿sigo en el barco con Cristo, o me estoy alejando sin notarlo y creyendo por mi mismo voy a sobrevivir? Si te sientes a la deriva, clama como Pedro: “¡Señor, sálvame!”. Y verás su mano extendida para devolverte al lugar donde perteneces: junto a Él.

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