¿Por qué será que muchas veces le doy a Dios lo que sobra de mi tiempo, de mis fuerzas, de mi atención… y sin embargo, cuando todo se tambalea, cuando la prueba toca mi vida, corro desesperadamente a Sus brazos?
Hay una contradicción silenciosa en el corazón humano: nos olvidamos de Dios en la calma, pero lo buscamos con fervor en la tormenta. Le quitamos lo que le pertenece, nuestro primer pensamiento en la mañana, nuestra gratitud diaria, nuestra confianza plena, nuestro servicio, y lo reemplazamos con ocupaciones, excusas, entretenimientos y distracciones. Y sin embargo, cuando ya no podemos más, clamamos: “¡Señor, ayúdame!”.
Lo asombroso no es solo nuestra inconsistencia. Lo verdaderamente maravilloso es que Dios no nos rechaza, aunque le hayamos fallado. Aun cuando lo relegamos a un segundo o tercer plano, Él sigue dispuesto a ser nuestro refugio. Su amor es tan profundo que nos recibe cuando volvemos, aunque hayamos tardado demasiado en hacerlo y tal vez, en el tiempo bueno no pretendíamos volver a Él.
Pero… ¿por qué seguir viviendo así?
¿No será momento de darle a Dios lo primero, lo mejor, lo más sincero? No solo acudir a Él como un socorro en la dificultad, sino honrarlo también en la abundancia, en la tranquilidad, en lo cotidiano, en el tiempo de alegría, hacerlo con gratitud por las bendiciones que Él nos ha dado.
Porque la verdadera fe no solo clama en el valle, en el quebranto, en la desesperación, también adora en la cima, en el tiempo de calma, en lo rutinario de la vida.
Digamos como el salmista: «Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.»
Salmo 103:2
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