A veces la vida nos sorprende con regalos inesperados, y otras veces nos arrebata lo que más amamos. A veces nos llena de alegría con una noticia, un encuentro, una bendición. Otras veces nos quebranta con lágrimas que no pedimos y dolores que no comprendemos. A veces sentimos el gozo del triunfo, del esfuerzo recompensado. A veces, en cambio, nos enfrentamos a la amarga lección del fracaso.
A veces celebramos la llegada de un nuevo miembro de la familia. También a veces nos corresponde despedirnos de alguien especial y que amamos. Es a veces que nos llenamos de alegría por la plenitud de salud que tenemos o los nuestros. Sin embargo, a veces nos duele ver que la salud se hace frágil y al disiparse, vemos cuanto vale tenerla.
Pero en todas esas veces, en todas esas estaciones, en cada amanecer y en cada noche oscura, en todos los tiempos que enfrentamos hay una constante que nunca cambia: Dios siempre está presente.
No se trata de una presencia que depende de cómo nos sintamos, ni de si todo nos va bien. Es una presencia fiel, silenciosa a veces, activa otras, pero siempre amorosa. Aunque no lo veamos, aunque no lo entendamos, Él no nos abandona.
Porque nuestra esperanza no está en lo que cambia, sino en Aquel que no cambia. Y su promesa es clara:
“He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).
Que esta verdad nos dé paz en la risa, consuelo en el llanto, humildad en la victoria y fortaleza en la caída.
Dios no está a veces. Dios está siempre.
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