Todo cambia en un abrir y cerrar de ojos. De pronto, la vida nos confronta con lo que dejamos atrás, con lo que callamos cuando debimos hablar, y con lo que hicimos sin pensar. Pero aun así, cuando volvemos la mirada a Dios con humildad, Él no nos reprocha, sino que nos recibe con brazos abiertos y una mirada que sana, restaura y renueva.
Al fin y al cabo, en medio del cambio drástico que ha dado nuestro existir, gritamos desde lo profundo: Dios, te necesito… dame de tus fuerzas, por favor. Y en ese clamor sincero, Su presencia nos sostiene.
Deja un comentario