Hay actitudes que edifican y otras que estorban. A veces, sin darnos cuenta, podemos convertirnos en piedras de tropiezo para lo que Dios quiere hacer en Su Iglesia. No necesariamente con grandes pecados visibles, sino con gestos cotidianos como: una crítica que desalienta, una indiferencia que enfría, una actitud egoísta que divide, un alejamiento constante, un voz disidente constante.
La Iglesia no es un lugar para figurar, sino para servir. No es un escenario de competencia, sino un cuerpo donde cada miembro es vital. Cuando nuestro orgullo, comodidad o falta de compromiso pesan más que el deseo de ver a otros conocer a Cristo, nos volvemos un freno en lugar de un impulso.
Si alguna vez somos el motivo por el cual alguien se aleja, se desanima o se siente excluido, debemos volver a examinar nuestro corazón. Jesús no fundó la Iglesia para que sea selectiva, sino acogedora; no para que se estanque, sino para que crezca con amor, verdad y gracia, no para mantener lo que hay, sino para renovar con apertura para que otros lleguen y se integren en la labor.
Ora así: Señor, que nunca sea yo el obstáculo para que Tu obra avance. Ayúdame a ser parte del crecimiento, no del estancamiento. Hazme humilde, servicial y lleno de amor como Tú.
Recuerda y nunca lo olvides: Ser parte del crecimiento de la Iglesia no es solo asistir… es vivir como Cristo entre quienes le buscan.
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