Imaginemos por un momento nuestras vidas sin el toque de la gracia de Dios. ¿Dónde estaríamos? ¿En qué manos habríamos caído? ¿Cuántas heridas llevaríamos sin consuelo, cuántas culpas sin perdón, cuántos caminos sin rumbo?
El apóstol Pablo lo expresó con profunda claridad: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:4-5). Esa frase —»estando muertos»— revela lo que éramos: perdidos, extraviados, incapaces de salvarnos a nosotros mismos.
Si Dios no nos hubiera alcanzado:
El vacío del alma seguiría sin llenarse.
Las cadenas del pecado seguirían intactas.
Nuestra historia quizás tendría capítulos oscuros sin redención.
Muchos de nosotros seguiríamos repitiendo los errores de generaciones pasadas.
La esperanza sería solo una palabra bonita, pero hueca.
Pero ¡Él nos alcanzó! Nos buscó cuando no lo buscábamos, nos amó cuando no lo merecíamos y nos dio propósito cuando nuestra vida parecía un rompecabezas sin sentido. Su gracia irrumpió en nuestra historia como una luz en medio de la noche.
Carlos creció en un hogar de abuso, rencor y abandono. A los 17 años pensó en quitarse la vida. Una vecina le habló de Cristo, y ese día su vida cambió para siempre. Hoy, Carlos dirige un hogar para niños maltratados. Cuando se le pregunta qué pasó, responde con lágrimas: “Si Dios no me hubiera alcanzado, yo ya no estaría aquí”.
Conclusión:
Dios nos alcanzó por amor. Y ese amor no solo nos salvó del ayer, sino que nos acompaña en el presente y nos garantiza un futuro.
Recordemos cada día que nuestra historia no la escribe el pasado, sino la gracia que nos abrazó cuando menos lo esperábamos.
Oración:
Señor, gracias por alcanzarme. Gracias por no dejarme donde estaba. Hoy reconozco que sin Ti nada soy. Que mi vida sea testimonio de Tu amor que salva, transforma y da propósito. Amén.
Deja un comentario