No vemos sus desvelos en silencio,
cuando vela sueños que no son los suyos,
ni el nudo en la garganta que se traga,
cuando su hijo parte… aunque sea al orgullo.
No vemos sus rodillas ya cansadas,
por tantas horas orando en la noche,
ni el paso firme aunque el alma tiemble,
ni el “todo bien” cuando su pecho llore.
No vemos sus renuncias cotidianas,
sus «después» que nunca llegan a ser,
el café que se enfría en la mesa,
por atender a todos… y a ella después.
No vemos las veces que quiso rendirse,
y aún así puso pan en la mesa,
ni el miedo que esconde tras una sonrisa,
ni el “te amo” que a veces no llega.
No vemos sus tiempos sola,
esperando que alguien llegue,
le acompañe, le escuche y le abrace,
como quien necesita también ser amada.
No vemos, pero ella siempre ve:
los tropiezos, los logros, la herida,
y ama sin cámaras, premios ni aplausos,
con la fuerza más pura… la de su vida.
Deja un comentario