Vivimos en un mundo donde las palabras abundan, pero muchas veces el entusiasmo que las respalda escasea. Decimos que Dios es lo más importante, que nuestra familia es prioridad, que amamos a nuestra iglesia… pero ¿con cuánta pasión, entrega y constancia vivimos esas declaraciones?
El entusiasmo es un reflejo del corazón. Lo que realmente valoramos se nota en cómo nos entregamos. Si Dios es el centro de nuestra vida, se verá en el gozo con que oramos, adoramos, servimos y obedecemos. Si la familia es nuestro tesoro, lo revelamos al dedicarle tiempo, cuidado, atención y amor genuino. Si la iglesia es importante, entonces participamos con alegría, damos lo mejor y la edificamos con nuestras manos y nuestro corazón.
Pablo escribió en Romanos 12:11: “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor.” Esa palabra «fervientes» puede traducirse como «entusiastas», «ardientes», «llenos de pasión».
Y ese entusiasmo verdadero no se apaga fácilmente. No depende de si las circunstancias son favorables ni de si las personas responden como esperamos. Cuando viene de Dios, permanece firme frente a la crítica, la indiferencia o el cansancio. El entusiasmo que nace del Espíritu se renueva cada día en comunión con el Señor.
Jesús dijo: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8). A Dios le interesa más nuestro compromiso que nuestras declaraciones. El verdadero entusiasmo no se presta: se vive. No se apaga con el viento de una situación difícil o una palabra negativa, porque está encendido con el fuego del Espíritu Santo.
Hoy te invito a examinar no solo lo que dices que es importante, sino cómo lo estás viviendo. Que nuestro entusiasmo por Dios, nuestra familia y nuestra iglesia no sea momentáneo ni superficial, sino una llama constante, fiel y visible.
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