¿PREOCUPARME U OCUPARME?

La preocupación es un ladrón silencioso. Se cuela en nuestra mente, roba nuestra paz, agita el corazón y nos mantiene inmóviles, atrapados en los “¿y si?” del mañana. Sin embargo, la fe nos llama a algo más alto: a ocuparnos, a actuar confiando en que Dios está presente en medio de nuestras circunstancias.

Jesús lo expresó con claridad en el Sermón del Monte:
“No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán… Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6:25-33).
Él no dice que ignoremos nuestras responsabilidades, sino que no las enfrentemos con angustia, sino con confianza.

En la Biblia vemos que Nehemías es un ejemplo poderoso de alguien que eligió ocuparse en lugar de preocuparse. Al enterarse de la destrucción de los muros de Jerusalén, su primer impulso no fue entrar en pánico ni paralizarse. Lloró, ayunó y oró (Nehemías 1:4), pero no se quedó ahí. Luego pidió permiso al rey, reunió recursos, organizó al pueblo y se ocupó activamente en la reconstrucción.

Aun cuando enfrentó oposición y amenazas, no permitió que el temor lo consumiera. Su famosa respuesta fue:
“Estoy ocupado en una gran obra y no puedo bajar” (Nehemías 6:3).
Así, nos enseña que la fe no es pasividad, sino acción confiada.

Entonces, cuando enfrentes problemas, elige orar y actuar. Dios no quiere que vivas en ansiedad, sino que te muevas con sabiduría y propósito. La preocupación te detiene; la ocupación con fe te impulsa.

Hoy, levántate y no dejes que la preocupación te paralice; deja que la fe te active.

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