Una de las luchas más comunes en la vida es la inconsistencia. Anhelamos caminar firmemente con Dios, pero muchas veces nuestros pasos son irregulares: un día oramos con fervor, y al siguiente nos invade la apatía; un domingo alabamos llenos de gozo, pero el lunes olvidamos Sus promesas en medio del estrés.
En la Biblia se nos dice:
“Por tanto, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”
(1 Corintios 15:58)
Ser constantes refleja madurez espiritual. Sin embargo, cuando somos consistentemente inconsistentes, nuestra fe se vuelve como las olas del mar: sube y baja, se acerca y se aleja. Y si no somos vigilantes, terminamos perdiendo de vista el propósito que Dios tiene para nosotros.
Anibal nos cuenta de una etapa en su vida en la que su relación con Dios era como un sube y baja emocional. Se comprometía en la iglesia, servía en ministerios, pero bastaba una semana difícil o una decepción para que abandonara el entusiasmo y se alejara de su devocional diario. Se sentía atrapado en un ciclo: impulsos de fe seguidos por pausas largas de indiferencia.
Un día, un amigo le confrontó con amor diciéndole:
«¿Te has dado cuenta que eres consistente… pero en ser inconsistente?»
Esa frase fue un espejo que Dios usó para mostrarle su necesidad de cambio. Entendió que la verdadera fe no depende de sus emociones o circunstancias, sino de una decisión diaria de permanecer en Él.
Fue entonces cuando comenzó a trabajar en hábitos sencillos pero firmes: leer la Palabra cada día, aunque fuera un solo versículo; orar aunque no «sintiera» nada especial; congregarse aunque estuviera cansado. Y con el tiempo, su fe, aunque imperfecta, se fortaleció. Hoy él sabe y lo expresa que la consistencia no nace de la fuerza humana, sino de apoyarnos cada día en la gracia de Dios.
Quizás hoy también puedas reconocer momentos en que has sido consistentemente inconsistente en tu caminar con Cristo. No te condenes, pero desde luego, tampoco te conformes. Dios te llama a una vida de firmeza, no perfecta, pero sí perseverante. Cada paso constante y firme sin retroceder, construye una fe que permanece.
Recuerda lo que nos dice la Escritura: «No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no desmayamos.»
(Gálatas 6:9)
Deja un comentario