En el relato de Mateo 26:14-25, nos encontramos con una escena cargada de tensión espiritual y significado profundo. Judas Iscariote, uno de los doce, se acerca a los principales sacerdotes para pactar la entrega de Jesús por treinta monedas de plata. Poco después, durante la cena, Jesús declara con dolor: “Uno de ustedes me va a traicionar”. Las palabras caen como un balde de agua fría sobre los discípulos, quienes, consternados, preguntan uno por uno: “¿Seré yo, Señor?”
Este pasaje no es solo una narración histórica; es un espejo para el alma.
1. El precio de una traición
Judas, movido quizás por desilusión, ambición o un corazón endurecido, entrega a Jesús por el precio de un esclavo. Esto nos confronta con una pregunta inquietante: ¿cuánto vale para mí la fidelidad a Cristo? En ocasiones, podemos traicionarlo no por treinta monedas, sino por orgullo, conveniencia, aceptación social, meros placeres o simplemente por comodidad. Semana Santa nos invita a examinar si hemos dado más valor a las cosas del mundo que al amor del Salvador.
2. La inquietante pregunta: ¿Soy yo, Señor?
Lo más conmovedor del texto es que todos los discípulos se preguntaron si ellos eran el traidor. Ninguno confiaba plenamente en su corazón. Esa humildad, esa duda, nos enseña que el verdadero discípulo es aquel que no confía ciegamente en sí mismo, sino que constantemente se examina. Hoy también debemos preguntarnos con sinceridad: ¿He sido yo quien, con palabras o actitudes, ha negado al Señor? ¿He estado cerca de Él con los labios, pero lejos con el corazón?
3. La paciencia del Maestro
Jesús sabía que Judas lo traicionaría, y sin embargo, le lavó los pies, compartió la mesa con él y no lo expuso delante de todos. Este gesto nos habla del amor paciente de Dios, que da oportunidad hasta el final. No hay traición tan grande que no pueda ser perdonada si hay arrepentimiento sincero. Pero también nos recuerda que Dios no fuerza a nadie: Judas escogió su camino como nosotros escogemos el nuestro.
4. Un llamado a la intimidad sincera
Semana Santa es una oportunidad para sentarnos a la mesa con Jesús, no con apariencia ni religiosidad superficial, sino con honestidad. Él conoce lo más íntimo del corazón. No podemos engañarlo, pero sí podemos acercarnos con humildad, arrepentimiento y deseo de permanecer fieles.
Conclusión:
En esta Semana Santa 2025, la pregunta “¿Soy yo, Señor?” debe resonar en nosotros, no con culpa paralizante, sino con humildad que nos impulse al examen espiritual y a la restauración. Que no seamos como Judas, que compartió el pan, pero no el corazón con Jesús. Que seamos como aquellos discípulos que, a pesar de sus debilidades, siguieron buscando la luz del Maestro.
“Examínate tú mismo. El Maestro está a la mesa… ¿qué lugar ocuparás tú esta vez?”
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