En un pequeño pueblo rodeado de montañas vivían tres amigos inseparables: Tomás, Andrés y Samuel. Desde niños, hacían todo juntos, pero tenían una particularidad: nunca escuchaban los consejos de los mayores.
—Ustedes son jóvenes y valientes, pero también deben ser sabios —les decía el anciano don Esteban—. A veces, un buen consejo puede salvarles de muchos problemas.
Pero los tres amigos reían y respondían:
—¡Nos gusta aprender por nuestra cuenta!
Un día, decidieron aventurarse en el bosque más allá del río, a pesar de las advertencias de los ancianos.
—Tengan cuidado —les advirtió la abuela Rosa—. Ese bosque es engañoso, muchos han entrado y no han encontrado el camino de regreso.
—No se preocupen, sabemos lo que hacemos —dijo Tomás con seguridad.
Y así, entraron en el bosque llenos de entusiasmo. Al principio, todo iba bien. Se reían y corrían entre los árboles, seguros de que los consejos eran exageraciones de los mayores. Pero pronto, el sol comenzó a ocultarse y la espesura del bosque los envolvió.
—¿Por dónde salimos? —preguntó Samuel con inquietud.
—Sigamos adelante, seguro encontraremos el camino —respondió Andrés.
Caminaban y caminaban, pero cada sendero los llevaba a más árboles, más sombras y más dudas. Empezaron a sentir miedo.
De repente, escucharon una voz serena entre los árboles. Era don Esteban, quien había seguido sus huellas sabiendo que se perderían.
—Los consejos no son cadenas, muchachos. Son faros que iluminan el camino —les dijo con ternura.
Avergonzados pero agradecidos, los amigos lo siguieron hasta la salida del bosque. Desde aquel día, aprendieron a valorar las palabras de quienes tenían más experiencia y, aunque seguían siendo aventureros, nunca más ignoraron un buen consejo.
Antes de despedirse, don Esteban les dejó una última advertencia:
—No siempre aparecerá un don Esteban en medio del bosque que decidimos entrar. Escuchemos los consejos para evitar perdernos sin esperanza.
Las palabras quedaron grabadas en sus corazones, y desde entonces, aprendieron que la verdadera valentía también consiste en saber escuchar.
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