Hacer un alto en la rutina diaria para reflexionar profundamente sobre nuestra relación con Dios y cómo estamos viviendo la vida que Él nos ha dado, requiere de una acción urgente. Si observamos con detenimiento, todo lo que somos y tenemos proviene de Su mano generosa: nuestra vida, talentos, oportunidades, familia, salud, e incluso los retos que nos forman. En el ayer y en el hoy, cada detalle de nuestra existencia está envuelto en Su amor y propósito eterno.
Pero, ¿cómo respondemos a tanto? Muchas veces vivimos distraídos, enfocados en lo urgente, en los deseos por atender asuntos que nosotros mismos hemos puesto en nuestra agenda y olvidamos lo importante. La intensidad en nuestra vida espiritual se va desvaneciendo y en ocasiones lo que hacemos en contexto religioso no necesariamente aporta a fortalecer la relación con Dios mide, pues no hay calidad en nuestra entrega a Él y se ausenta la sinceridad en nuestra adoración y un impacto negativo en nuestro testimonio al mundo.
Vivir con intensidad para Dios no significa agotarnos en actividades que no aporten a crecer en la fe, sino entregarnos plenamente a Su voluntad con gratitud, pasión y propósito. Significa priorizar lo eterno sobre lo temporal, buscar agradarle en cada pensamiento, palabra y acción.
Si Dios nos ha dado tanto, nuestra respuesta debe ser una vida vivida con propósito, amando a otros como Él nos ama, compartiendo Su verdad y siendo reflejo de Su luz al servir con amor. Hoy es un buen día para detenernos y preguntarnos: ¿Estoy amando a Dios con todo mi corazón, alma, mente y fuerzas? ¿Estoy haciendo fructificar lo que Él me ha confiado? ¿Reviso constantemente en mi memoria el favor de Dios en mi vida? ¿En mis relaciones humanos muestro el efecto de tener a Dios en mi vida?
Al reflexionar, sintamos la motivación para vivir cada día con una intensidad renovada por el Espíritu Santo, siendo conscientes de Su gracia inmensa y respondiendo con una vida que honre a Dios.
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