Mientras pidamos que otros cambien y nosotros mismos no demos un paso al frente para cambiar, estaremos inmersos en un grave problema sin posibilidad de avanzar hacia un bien común. El cambio genuino no comienza en el exterior, sino en el interior de cada persona. Es fácil señalar las fallas de los demás, pero más difícil es mirarnos al espejo y confrontar nuestras propias limitaciones y actitudes.
El cambio personal no solo es un acto de humildad, sino también de responsabilidad. Cuando tomamos la decisión de transformarnos, influimos directamente en nuestro entorno, porque nuestras acciones, palabras y actitudes tienen un impacto. Este tipo de cambio genera un efecto multiplicador: inspira, motiva y permite que otros se animen a reflexionar sobre su propio camino.
Si realmente anhelamos un mundo mejor, una comunidad más unida o una familia más armoniosa, el primer paso siempre debe ser preguntarnos: ¿qué puedo hacer yo? Solo cuando estemos dispuestos a actuar, a renunciar al ego y a aceptar el desafío del cambio personal, podremos ser parte de una transformación colectiva que conduzca al verdadero bien común.
Deja un comentario