Nos unimos a la corriente o nos distinguimos como cristianos

En un mundo donde la presión por encajar y conformarse es constante, como cristianos enfrentamos un desafío crucial: ¿seguimos las corrientes de este siglo o nos esforzamos por ser luz en medio de la oscuridad?

Jesús nos llama a ser sal y luz (Mateo 5:13-16), elementos que, por su naturaleza, no se mezclan ni pierden su esencia. La sal da sabor y preserva, mientras que la luz ilumina e indica el camino. Ambos simbolizan una vida que impacta y transforma a otros, no una que se diluye en la multitud.

Unirse a la corriente puede parecer más cómodo. Evita conflictos, reduce críticas y ofrece aceptación social con quienes niegan y no practican la fe que tú y yo profesamos. Sin embargo, al hacerlo, corremos el riesgo de diluir nuestra fe y perder de vista el llamado de Dios. Pablo nos exhorta: “No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2). Este versículo nos recuerda que la transformación espiritual nos lleva a pensar, actuar y vivir de manera diferente a los valores y prácticas del mundo.

Distinguirnos como cristianos no significa ser perfectos, sino buscar reflejar el carácter de Cristo en nuestras palabras, decisiones y acciones. Implica amar a quienes nos rechazan, perdonar cuando es difícil y ser íntegros incluso cuando nadie más lo hace. Nuestra vida no debe ser un eco del sistema del mundo y del libertinaje que vive mucha gente, sino una declaración viva de que hay un camino mejor, el camino de Cristo.

Cuando elegimos no seguir la corriente, inspiramos a otros y glorificamos a Dios. Aunque puede ser un camino solitario, recordemos que no estamos solos. Cristo camina con nosotros, y Su Espíritu nos da la fortaleza para resistir y la gracia para impactar.

La pregunta sigue vigente: ¿Nos unimos a la corriente o nos levantamos como un faro de esperanza para este mundo?

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