Buscar la felicidad es uno de los anhelos más profundos del ser humano. Sin embargo, esta búsqueda debe tener límites claros, y uno de ellos es la dignidad. La dignidad representa el respeto hacia uno mismo, la integridad, y la fidelidad a nuestros valores y principios. Es el cimiento sobre el cual construimos nuestra identidad y nuestra relación con el mundo.
Cuando sacrificamos nuestra dignidad en nombre de una supuesta felicidad, corremos el riesgo de perder nuestra esencia, de convertirnos en algo que no somos, o peor aún, en algo que no queremos ser. Las alegrías pasajeras o los placeres efímeros pueden nublar nuestra visión y hacernos olvidar lo que realmente importa. Pero una felicidad que se construye a costa de nuestra dignidad es, en realidad, una falsa felicidad.
En el contexto cristiano, nuestra dignidad se origina en el hecho de ser hijos de Dios, creados a Su imagen y semejanza. Esa dignidad es un don que debemos honrar y preservar. Perseguir la felicidad dentro de los límites de la dignidad nos permite experimentar una alegría verdadera, que no es momentánea, sino que perdura y enriquece nuestro espíritu. La verdadera felicidad se encuentra en vivir en paz con nosotros mismos, con nuestra conciencia y, sobre todo, con Dios.
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