En la vida cristiana, hay una verdad fundamental que no podemos ignorar: la fe sin obras es muerta. Esta afirmación bíblica no es solo una advertencia, sino un llamado a la acción. Vivir una vida de fe no se trata únicamente de creer, sino de actuar conforme a lo que creemos. Si decimos tener fe pero no hacemos nada para manifestarla en nuestra vida diaria, estamos engañándonos a nosotros mismos.
En muchas ocasiones, nos encontramos estancados, esperando que Dios haga todo el trabajo por nosotros. Oramos y pedimos milagros, pero no estamos dispuestos a movernos, a ser el instrumento que Dios quiere utilizar para llevar a cabo su obra. Es fácil caer en la tentación de esperar sin actuar, pero la realidad es que Dios nos ha dado dones, habilidades y oportunidades para que seamos partícipes activos en su plan.
El ejemplo de Jesús
Jesús, durante su ministerio terrenal, no solo predicó, sino que también actuó. Curó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, levantó a los caídos y, sobre todo, se sacrificó por nosotros. Nos dejó un ejemplo claro de lo que significa vivir una vida de acción, de servicio y de entrega. Si Él, siendo el Hijo de Dios, no se quedó de brazos cruzados, ¿qué excusa tenemos nosotros?
En su sermón del monte, Jesús no solo nos enseñó a amar a nuestro prójimo, sino a poner ese amor en práctica. Nos habló de alimentar al hambriento, de vestir al desnudo, de visitar al enfermo y al encarcelado. Estos son actos concretos de fe en acción. Nada hacemos si no hacemos nada.
El llamado a ser luz y sal
Como cristianos, estamos llamados a ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mateo 5:13-16). Pero, ¿cómo podemos brillar o dar sabor si no actuamos? La luz no cumple su propósito si se esconde, y la sal pierde su valor si no se usa. Del mismo modo, nuestra fe pierde su impacto si no se traduce en obras que reflejen el amor y la gracia de Dios.
Es fácil hablar de fe, pero mucho más difícil vivirla. Sin embargo, la Biblia es clara en que seremos conocidos por nuestros frutos (Mateo 7:16). Es decir, por nuestras acciones. Lo que hacemos, o dejamos de hacer, es el reflejo de nuestra verdadera fe.
Acciones pequeñas, impacto grande
No todos estamos llamados a hacer grandes gestas o a liderar movimientos masivos. A veces, las acciones más pequeñas pueden tener el mayor impacto. Un gesto de bondad, una palabra de aliento, una oración sincera, pueden cambiar la vida de alguien de maneras que ni siquiera imaginamos.
Dios no nos llama a hacer todo, pero sí nos llama a hacer algo. Cada uno de nosotros tiene un papel que jugar en el plan de Dios, y no podemos permitirnos el lujo de quedarnos quietos, esperando que otros hagan lo que nos corresponde a nosotros.
Conclusión
La vida cristiana es una vida de acción. No podemos quedarnos pasivos, esperando que Dios lo haga todo por nosotros. Debemos ser colaboradores activos en su obra, mostrando nuestra fe a través de nuestras acciones. Nada hacemos si no hacemos nada. Que nuestras vidas sean un testimonio vivo de la fe que profesamos, y que, al final, podamos decir como el apóstol Pablo: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7)
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