Era una tarde tranquila, de esas en las que el Sol parece quedarse un poco más en el cielo, prolongando los momentos de su luz. Mi abuela, con sus manos ya arrugadas y marcadas por el tiempo, su cabello en tonalidades de grises, blanco y algo de negro, descansaba en su silla favorita en el balcón, como lo hacía tantas veces. A su alrededor, el aroma de las flores del jardín, que ella misma había cuidado durante años, llenaba el aire. El sonido de los pájaros se entremezclaba con el susurro del viento que movía suavemente las hojas de las plantas de su jardín.
A pesar de su avanzada edad, mi abuela seguía siendo una mujer fuerte de espíritu. Siempre había tenido una sabiduría sencilla, de esas que nacen del vivir, y aunque su cuerpo ya no le respondía como antes, su mente y su corazón seguían con claridad como siempre. Ese día, sin embargo, parecía diferente. Había una calma en su rostro, una paz profunda que casi se podía tocar. Nos miraba a cada uno con una sonrisa genuina, esa sonrisa que te hacía sentir que todo iba a estar bien, sin importar lo que sucediera.
Me acerqué a ella, tomé su mano y sentí su calor.Al verla, le pregunté: «¿Cómo te sientes hoy, abuela?», aunque la respuesta ya la conocía. Ella me miró fijamente y con serenidad, , me dijo: «Hoy me siento en paz. Estoy lista.»
Nos quedamos en silencio por unos momentos. Había algo sagrado en ese instante, como si el tiempo hubiera decidido detenerse por respeto a ella y a lo que estaba por suceder. Aunque había tristeza en su despedida, también se hacía sentir una aceptación tranquila. Había vivido una vida plena, mostrando amor, y ahora se preparaba para su último viaje, uno que ella siempre había visto como un reencuentro con Dios, a quien le sirvió toda su larga vida.
Mis hermanos y yo nos reunimos a su alrededor, todos conscientes de que estábamos presenciando algo muy especial, aunque difícil. Aunque hubo lágrimas en ese momento, también sentimos un profundo agradecimiento por todo lo que nos había dado. Nos miró, nos echó la bendición a cada uno con una mirada marcada con una lágrima, recordándonos siempre que fuéramos amables, fuertes frente a la adversidad y sobre todo guardaramos la fe que ella nos enseñó, pase lo que pase.
Casi al iniciar la noche, mi abuela recostada en su cama, su respiración suave y tranquila fue disminuyendo. Tomé su mano por última vez, y ella, con su último aliento, susurró: «Nos veremos pronto, pero ahora es mi momento de descansar.»
El silencio fue absoluto por un momento, luego la lloramos, sentimos el dolor de su ausencia, pero no cuestionamos su partida. Mientras lloramos sentimos paz en la habitación, una paz que ella misma nos había regalado. El último día de mi abuela jamás lo voy olvidar, pero recordaré su amor verdadero y también único, que me insperará para aprender a vivir.
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